9/4/2008 11:14 pm
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4.-SI YO FUERA GUANCHE Si yo fuera guanche y viviera entre la Orotava y el Teide tendría en el océano mi más preciada referencia para soñar, amar a Yaiza. mi princesa y vigilar mi isla. Si yo fuera canario cruzaría el océano en mi lancha para buscar en las islas esos ojos que se me escapan cada día para volver a atormentarme por la noche. Pero soy valenciano, mezcla de tantos pueblos y tribus y creencias, que de todos aprendí y a todos debo gratitud. Hay quien dice que soy fenicio, y de ellos no tengo más que el camino por el que vinieron, la mar. Ese mar que me une al tuyo, ese mar que me hizo de agua, ese mar que me alimenta y me inspira el alma. Pero no soy fenicio Hay quien dice que soy árabe, y de árabe heredé el alma de nardo, y heredé los canales que vivifican mis tierras con poca agua, y heredé, en fin, la música en que puedo inspirar mis versos para ti, de ellos heredados en esa telúrica mezcolanza de amor a la tierra, a esos ojos que te adornan y a esa agua que no llueve. Pero ya no soy árabe, la barbarie cristiana y la todopoderosa cultura occidental intentaron borrar ese origen convirtiéndome en un engendro, un engendro enamorado. ¿Qué soy entonces? Soy el mar, soy de agua, soy el navegante que recorre el mundo buscando el amor, soy el pobre ser olvidado de los dioses que nomadea buscándote y no te encuentra porque los dioses menores, los envidiosos, te escondieron de mí. Y a ti me dedico, mi amor, a ti te busco, mi amor, a ti te imploro mi amor En la noche de los tiempos, cuando sátiros y grifos poblaban el planeta, cuando el oráculo y el nigromante me susurraban tu nombre al oído, una tormenta se llevó, de nuevo, mi pobre bajel a la orilla, destrozado. El alba me encontró sin sentido y con un aletear de sus cabellos me hizo notar que estaba en los restos de un templo derruido. Por aquel entonces muchas ruinas había encontrado en mi camino incierto. Ruinas de sol, de viento, de mares furiosos, de dioses enojados. Ruinas de ruinas que nada decían al caminante. Ruinas que arruinaban el alma. Pero aquel templo era distinto, estaba en ruinas, es cierto, pero se mantenía en pie un hermoso friso porque en pie lo mantenía una figura, la cariátide. La única cariátide que había visto entera, la única cariátide que se conservaba intacta y yo podía verla, ocultando el sol que se elevaba, por encima de mi cabeza. ¡Qué hermosa era! No era la obra de un artista, estaba seguro. Fue creada para adorar a los dioses, por los propios dioses y allí estaba ella, intacta, sirviendo a sus creadores mientras el mundo se había desmoronado a su alrededor. ¡Qué hermosa era! Tocando su túnica de duro alabastro escalé su figura hasta verle los ojos, no sabría si cordobeses o romanos, enormes, vivos, que miraban y que permitían ver a su través. Me encontré ante sus labios y me volví a hablar con los dioses. Una noche con ella, tan sólo una noche, estoy sediento de amor y a ella he buscado. Siguió soplando la misma brisa y las mismas olas me llenaban de la misma espuma que antes. Los dioses no contestaron. Los maldije y me aferré a ella y enloquecido por el amor buscado y la pasión liberada la besé en la boca. ¡Dios! ¿Qué rayo la liberó? ¿Qué fuerza cósmica se apoderó de ella? ¿Qué dios se apiadó de mí o qué diosa quiso jugar conmigo? La cariátide se hizo mujer a mi lado y en mis brazos. Y se vistió de pirata, y cubrió el pecho de alabastro con una camiseta de tirantes y se subió sobre unos tacones para ser tan alta como yo. Pasa esta jornada conmigo, le supliqué, y no me miró. Se llevó un dedo a los labios y me hizo callar, se desnudó frente a mi, tacones, piratas, camisa y un cuerpo moreno apareció bajo las prendas mas blancas que imaginarse puedan. Cayeron! también sobre la arena y me arrastró hasta el mar. Y en el mar no? I amamos y el mar fue testigo del más mudo clamor y del masj largo gemido, y la hoguera en la playa nos sorprendió amándonos I de nuevo en un frenesí que sólo una diosa puede conocer e insufla: a un mortal. Pero la noche nos envolvió con su azul y las estrellas gozosas en el firmamento, nos vieron dormir. Llegó un nuevo día y, al despertar, ella no estaba. El temple definitivamente en ruinas, estaba solitario. La busqué y no la hallé busqué sus huellas en el mar y el mar se las había llevado. Busque sus huellas en la playa y sólo un aroma tenue de su cuerpo me recordó que había existido para mí. Supliqué de nuevo a los dioses j y no me escucharon. Levanté un nuevo templo para ellos y no me escucharon. Los maldije y no me escucharon. Planté las mejores cepas y crié los mejores ganados y no me escucharon. Pero sé, mi niña, sé que existes en las ondas, en el cosmos, en el firmamento, y te seguiré esperando.
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