10/9/2009 3:25 am
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PARÍS El hombre volaba hacia París. Como tantas veces antes. Seguramente se acercaría después a Estrasburgo pero el martes tenía que regresar a su trabajo. En el aeropuerto había leído el periódico local y dos nacionales (vaya con Berlusconi: le cabía el dudoso honor de haber convertido a Italia en el segundo país con una ley mordaza contra la libertad de expresión sólo por detrás de Venezuela. Las dictaduras no cuentan, claro) y en el avión escribía cartas en su ordenador para ponerlas en el correo en cuanto saliese del avión. Volaba a París y no era ya el vuelo mágico que tantas veces antes había sido. Si tuviera que elegir una capital hermosa seguramente iría a Viena. Una ciudad con encanto sería Brujas y una ciudad para el amor sería Venecia. Bueno, podría citar decenas de ciudades para cada caso. Suponía que también París. Pero en realidad guardaba esta ciudad en lo más querido y profundo de su corazón de joven estudiante antifascista y no quería que ninguna sensación añadida perturbara ese recuerdo.
El muchacho tiene veinte años. Alto, muy delgado, con unas gafas de sol de concha y unos zapatos bastante usados. Va de negro absoluto. Ha hecho el viaje desde su ciudad hasta Irún en la tercera clase del tren (la más barata) y al bajar del tren pregunta a un grupo de jóvenes dónde hay una pensión barata. Por la mañana ha de salir temprano a coger el tren de París que espera al otro lado de la frontera. Cena el bocata que trae de casa y se acuesta con un nudo en el estómago. Mañana estará en París. Gente libre, democrática, normal. No ha dormido bien. Un café con leche y caminando hacia la frontera. Los grises le dan miedo y la guardia civil más. Dicen que huelen a los rojos a km de distancia y ha de pasar dos barreras. Pero en realidad nunca se ha metido en líos importantes y su pasaporte (países prohibidos: más de 20) está en regla. “¿Dónde va usted?” “A París” “¿A ligar francesas?” “Imagínese” “Suerte muchacho, buena caza” Le han sellado el pasaporte y, por fin, ya está en Francia. Se acomoda en su vagón y baja a mirar lo que se puede ver del pueblo. Está en el País vasco francés y no hay mucho diferente, pero la gente es libre y vota y elige y decide. Cuando se acomoda de nuevo en su mal asiento de tren y el tren arranca… “Ya llego, París” y se queda dormido. La entrada en París se le hizo eterna y no quería perder ningún detalle de la ciudad aunque ya hiciera más de cien km que se imaginaba que estaba entrando. Iba a estar un mes y pensaba que no tendría tiempo para conocerla en todas sus vertientes, política, cultural, libertina…. Finalmente llegó y allí le esperaba Anne Marie, una francesita bastante típica (en el estereotipo que los chicos españoles admitían como único posible de las chicas parisinas), con una sonrisa en el rostro, olor a perfume y un beso en los labios muy apresurado.
El hombre vuela a París y en la aproximación al aeropuerto para aterrizar recuerda que el año pasado voló desde Madrid con una amiga ecuatoriana. La conoció con esa arma poderosísima de internet. Un contacto, mil poemas, mil fotografías y un año de comunicación casi diaria hasta que se decidió a aceptar su invitación. Ella pagaba su viaje y él se ocupaba de los papeles y todos los gastos en Europa. Madrid, Granada, Córdoba, Lisboa, Cáceres, París, Venecia, Roma, Florencia, San Marino , Madrid y adiós. Fueron unas vacaciones magníficas pero tras ellas volvieron la rutina, el trabajo y la soledad rodeado de gente. Sabe, sin embargo, el magnetismo que tienen algunas ciudades europeas para las chicas latinas. Igual que algunas ciudades americanas lo tienen para él.
Anne Marie era como la mayoría de las chicas francesas de la época (mitos eróticos en la cabeza de los jóvenes españoles): muy “desenvuelta” en sus vacaciones en España y tremendamente recatada y cautelosa en su Paría natal. Estuvo una semana ocupándose del joven y la verdad es que le enseñó París, lo sacó a pasear y hasta tuvo algún escarceo con él. Pero monumentos aparte nuestro joven muchacho aprendió algunas cosas en París que nunca olvidó y que le marcaron infinitamente más que subir a la tour Eiffel o pasear por los Campos Elíseos. Volvió a conocer el desencanto amoroso. No estaba enamorado pero pensaba y recordaba las promesas que la muchacha le hizo cuando la conoció en España y el resultado fue que un día encargó a su mamá que se ocupara del español porque ella tenía que trabajar (un día a la semana). Pero al regresar del trabajo tenía el cabello exactamente igual que cuando se entregaba al frenesí amatorio con él, con lo que supo que se había ido con alguna especie de novio, por lo que a partir del día siguiente vivió París en solitario. La muchacha vivía en Saint Cloud y le consiguió una habitación muy barata en una especie de pensión cercana donde había muchos extranjeros. La matrona tendría unos 40 años y al decirle “¿tu eres el español?” lo llevó a la mejor habitación de la casa, sacó al trabajador argelino que dormía en ella al grito de “ya te dije que estaba reservada” y al día siguiente propuso al virguito español tener alojamiento gratuito y alguna ayuda en francos a cambio de dejarle jugar con él (cosa que hacía en realidad porque el chico no pasaba de ser un juguete en sus manos) lo que le permitió aprender que en plan barato era su primera experiencia como gigoló de andar por casa (cosa que se repetiría otras dos veces en su vida)
Pasó dos días con un matrimonio que conoció en alicante en unas vacaciones familiares. El era profesor de sicología en la Universidad y le afirmó, muy compungido, que el Gobierno Francés debería pedir perdón al pueblo español por la nula ayuda que aquella vieja democracia había prestado a la república española con motivo de la guerra civil y por el atroz comportamiento de las tropas senegalesas que custodiaban a los soldados españoles en horrendos campos de concentración en los que se vieron confinados al cruzar la frontera con motivo de la derrota. Sin olvidar, naturalmente, que con las fuerzas que liberaron París del yugo nazi al mando del general De Gaulle iban soldados españoles veteranos de nuestra guerra civil. Pero es que la esposa era la directora de la casa del Hombre de París y la jornada que le dedicó en el museo fue la mejor y más provechosa clase de antropología que recibiera nunca. La guinda del pastel fue cuando, de su mano, pudo conocer a Zizi Jeanmaire, primera bailarina en el espectáculo de su esposo el coreógrafo Roland Petit con motivo del espectáculo que daban en el Teatro Nacional Popular y lo más chocante el momento en que ambos le dijeron que militaban en el partido Socialista Francés lo que provocó que el joven mirara hacia atrás (y estaba en su casa) no hubiera algún policía escuchando la conversación. Ya pasaba la mayor parte del tiempo sólo. Correteaba por París buscando nuevas emociones. Que le eran especialmente atractivas en el barrio latino, toda la orilla izquierda del Sena y la suma de voces cada vez más conocidas. La Cave La Huchette en la calle del mismo nombre fue especialmente impresionante con Juliette Greco como artista principal y aquel mundo existencialista que no sé si ahora ha sido heredado por los góticos. Encontró, naturalmente, el Ruedo Ibérico y allí pasó horas hablando con los exiliados de la república y allí compró libros y discos que no sabía si podría pasar por la frontera de Franco. Los libros eran la voz de la república, la historia contada por los vencidos, los relatos de los demócratas pisoteados por la bota del fascista y algunos historiadores como Brenan o Gallo que ponían el contrapunto al historiador del Régimen. Entre los discos “El canto profundo de la América latina” y los “Cantos de la Guerra Civil”. Conoció a muchos españoles que trabajaban en París y que le abrieron sus casas y sus “chambras” y que le llevaron con ellos a sus discotecas y bares y un buen día su matrona le presentó a un pintor boliviano que lo introdujo en el Montmartre más profundo que le permitió descubrir “Balajo” la sala de fiestas latina donde el tango se mezclaba con la samba y el chachachá….
Consiguió pasar la aduana con su preciada carga y volvió a París el año siguiente y al otro regresó de nuevo pero esta vez ya fue para embarcar en un avión que le llevó a Cuba a cortar caña en Matanzas.
El hombre vuela a París, otra vez. Y al pensar en el hotel donde tiene reservada una habitación no puede evitar que los ojos se le llenen de lágrimas.
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1033 posts 10/9/2009 4:37 pm |
 Cómo extrañe tus letras! me pone un suspiro! estoy feliz!! esta semana hizo dos viajes hermosas! una con usted y otra con nuestro querido Darío! Gracias, profesor! por darnos sus letras!! feliz findii!! muchos 
Ive 
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