Erase una vez unos niñitos, ni guapos ni feos, ni buenos ni malos solamente niños que decidieron jugar al juego de la amistad en un breve encuentro para encontrarse a sí mismos en los corazones de sus compañeros y no pasando nada paso de todo... Que brillo la luz en plena oscuridad que la noche fue día y el día fue noche sin que nadie supiera el momento de su propia existencia ya que esta fue una y una fue la de todos en un caos de perfecta armonía.
Hablaron los silencios a través de las miradas con mas de unas carcajadas que desconcertaron al resto de la gente pero tampoco importaba mucho que se entendiera o no nuestro juego, total era solo nuestro y solo a nosotros nos involucraba ya que pasamos olímpicamente de todo el resto de los mortales que no quisieron o no pudieron estar a la altura de este evento.
Hubo paseos por entre las sombras, aquellas que aportan la amarga duda y hacen del ser humano un vegetal que transcurre sin mas aspavientos que unos cansados pasos por todo su efímero tiempo que le lleva del todo a la nada sin percatarse que el paso firme y decidido la mayor de las veces nos es dado por una simple sonrisa.
Hubo primavera en el tórrido verano que perfumó el ingrato calor de todos nuestros pasos con el aroma de fragantes flores surgidas de resecos tallos que una vez mas y no quizás la ultima, brotaron a la vida para regalar color y alegría a quienes no quieren que el tiempo les borre la inocencia de sus primeros juegos.
Y todo esto y algunas cosas mas pasaron por entre los olvidos para recordarnos que los años no envejecen a los niños, si lo niños no se cargan con los años y los viven todos y cada uno como el primero que les toca vivir.
De ninguna parte, hacia ningún lugar, solo son corceles que en la noche se desean encontrar con la certeza que el alba los tendrá que separar.
El crepúsculo trajo el encuentro en la reseca pradera iluminándose el cielo con una fresca primavera que hizo brotar las flores por entre las escondidas piedras.
Se rompieron los silencios del tiempo lánguido y cansino con el atronador paso de los potros desbocados marcando la hierba por todos los prados.
Las crines al viento acariciaron las sombras dibujando en la nada la palabra de los sueños, aquella que sin ser todo es principio de esperanza.
Y cabalgaron regocijándose de su noche con la luna sonrojada por la intensa galopada que les llevo hasta el alba.
A mis compañeros de correría... Lina, Mercedes y Juan Carlos.
En un jardín de hierros retorcidos y manos en las sombras que quieren enderezar los caminos con pétalos de viento de un olvidado recuerdo...
En un anden parado de la estación con llamas extintas de lo que fue ríos de sangre circulando hacia ninguna parte para encontrarse con su todo repleto de prisas.
En un caos de hora punta con la ausencia del alma y el sonido del silencio que grita bajo la tierra la silente semilla que brotara como blanca rosa por entre los muertos.
En un segundo impreciso que llorara el cielo con gotas de noche cubriendo nuestro suelo para lavar el barro y las imperfecciones de las que estamos hechos.
En un solitario vagón que parte del infierno con espasmos de miedo por el futuro incierto hacia el sueño del alba de un tiempo que será solo nuestro.