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SELECCIÓN DE POEMAS DE : Juana de Ibarbourou
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Oct 3, 2009 10:12 pm
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 SELECCIÓN DE POEMAS DE : Juana de Ibarbourou
Reseña biográfica Poeta uruguaya nacida en Melo en 1892. Desde muy joven empezó a publicar los primeros poemas bajo el seudónimo de Juanita de Ybar, los cuales fueron compilados en su primer libro, «Lenguas de Diamante», obra que la lanzó a la más resonante fama. Su estilo inicial fue apasionado y sensual dentro de la órbita modernista, vinculándose luego al vanguardismo. Su verso, con el paso del tiempo, ganó serenidad y melancolía, haciéndola alcanzar el Premio Nacional de Literatura en 1959. Falleció en 1979.
Amémonos
Bajo las alas rosa de este laurel florido, amémonos. El viejo y eterno lampadario de la luna ha encendido su fulgor milenario y este rincón de hierba tiene calor de nido.
Amémonos. Acaso haya un fauno escondido junto al tronco del dulce laurel hospitalario y llore al encontrarse sin amor, solitario, mirando nuestro idilio frente al prado dormido.
Amémonos. La noche clara, aromosa y mística tiene no sé qué suave dulzura cabalística. Somos grandes y solos sobre el haz de los campos
y se aman las luciérnagas entre nuestros cabellos, con estremecimientos breves como destellos de vagas esmeraldas y extraños crisolampos.
Amor
El amor es fragante como un ramo de rosas. Amando, se poseen todas las primaveras. Eros trae en su aljaba las flores olorosas de todas las umbrías y todas las praderas.
Cuando viene a mi lecho trae aroma de esteros, de salvajes corolas y tréboles jugosos. ¡Efluvios ardorosos de nidos de jilgueros, ocultos en los gajos de los ceibos frondosos!
¡Toda mi joven carne se impregna de esa esencia! Perfume de floridas y agrestes primaveras queda en mi piel morena de ardiente transparencia
perfumes de retamas, de lirios y glicinas. Amor llega a mi lecho cruzando largas eras y unge mi piel de frescas esencias campesinas.
Así es la rosa
De la matriz del día se alzó la rosa vertical y blanca mientras todo rugía: la tierra, el aire, el agua.
Tendí la mano para protegerla, criatura de paz y de armonía, completa, virgen, intocable, exacta en la extensión total del mediodía.
Y me llevó el brazo la metralla. Impávida seguía en su serenidad y su victoria, aunque en mi sangre la embebía.
Ni mi alarido hizo temblar sus pétalos ni apagó su fragancia mi agonía. Era la rosa, la perfecta y única. Nada la detenía.
Bajo la lluvia
¡Cómo resbala el agua por mi espalda! ¡Cómo moja mi falda, y pone en mis mejillas su frescura de nieve! Llueve, llueve, llueve, y voy, senda adelante, con el alma ligera y la cara radiante, sin sentir, sin soñar, llena de la voluptuosidad de no pensar.
Un pájaro se baña en una charca turbia. Mi presencia le extraña, se detiene… me mira… nos sentimos amigos… ¡Los dos amamos muchos cielos, campos y trigos! Después es el asombro de un labriego que pasa con su azada al hombro y la lluvia me cubre de todas las fragancias de los setos de octubre. Y es, sobre mi cuerpo por el agua empapado como un maravilloso y estupendo tocado de gotas cristalinas, de flores deshojadas que vuelcan a mi paso las plantas asombradas. Y siento, en la vacuidad del cerebro sin sueño, la voluptuosidad del placer infinito, dulce y desconocido, de un minuto de olvido. Llueve, llueve, llueve, y tengo en alma y carne, como un frescor de nieve.
Como la primavera
Como un ala negra tendí mis cabellos sobre tus rodillas. Cerrando los ojos su olor aspiraste diciéndome luego: -¿Duermes sobre piedras cubiertas de musgos? ¿Con ramas de sauces te atas las trenzas? ¿Tu almohada es de trébol? ¿Las tienes tan negras porque acaso en ellas exprimiste un zumo retinto y espeso de moras silvestres?
¡Qué fresca y extraña fragancia te envuelve! Hueles a arroyuelos, a tierra y a selvas. ¿Qué perfume usas? Y riendo le dije: -¡Ninguno, ninguno! Te amo y soy joven, huelo a primavera.
Este olor que sientes es de carne firme, de mejillas claras y de sangre nueva. ¡Te quiero y soy joven, por eso es que tengo las mismas fragancias de la primavera!
Cual la muerte de Lot
Un perfume de amor me acompañaba. Volvía hacia la aldea de la cita, bajo la paz suprema e infinita que el ocaso en el campo destilaba.
En mis labios ardientes aleteaba la caricia final, pura y bendita, y era como una alegre Sulamita que a su lar, entre trigos regresaba.
Y al llegar a un recodo del camino tras el cual queda oculto ya el molino, el puente y la represa bullidora,
volví atrás la cabeza un breve instante, y bajo el tilo en flor, ¡vi a mi amante que besaba en la sien a una pastora!
Como una sola flor desesperada
Lo quiero con la sangre, con el hueso, con el ojo que mira y el aliento, con la frente que inclina el pensamiento, con este corazón caliente y preso,
y con el sueño fatalmente obseso de este amor que me copa el sentimiento, desde la breve risa hasta el lamento, desde la herida bruja hasta su beso.
Mi vida es de tu vida tributaria, ya te parezca tumulto, o solitaria, como una sola flor desesperada.
Depende de él como del leño duro la orquídea, o cual la hiedra sobre el muro, que solo en él respira levantada.
Despecho
¡Ah, que estoy cansada! Me he reído tanto, tanto, que a mis ojos ha asomado el llanto; tanto, que este rictus que contrae mi boca es un rastro extraño de mi risa loca.
Tanto, que esta intensa palidez que tengo (como en los retratos de viejo abolengo), es por la fatiga de la loca risa que en todos mis nervios su sopor desliza.
¡Ah, que estoy cansada! Déjame que duerma, pues como la angustia, la alegría enferma. ¡Qué rara ocurrencia decir que estoy triste! ¿Cuándo más alegre que ahora me viste?
¡Mentira! No tengo ni dudas, ni celos, ni inquietud, ni angustias, ni penas, ni anhelos. Si brilla en mis ojos la humedad del llanto, es por el esfuerzo de reírme tanto…
El fuerte lazo
Crecí para ti. Tálame. Mi acacia implora a tus manos su golpe de gracia.
Florí para ti. Córtame. Mi lirio al nacer dudaba ser flor o ser cirio.
Fluí para ti. Bébeme. El cristal envidia lo claro de mi manantial.
Alas di por ti. Cázame. Falena, rodeé tu llama de impaciencia llena.
Por ti sufriré. ¡Bendito sea el daño que tu amor me dé! ¡Bendita sea el hacha, bendita la red, y loadas sean tijeras y sed!
Sangre del costado manaré, mi amado. ¿Qué broche más bello, qué joya más grata, que por ti una llaga color escarlata?
En vez de abalorios para mis cabellos siete espinas largas hundiré entre ellos. Y en vez de zarcillos pondré en mis orejas, como dos rubíes, dos ascuas bermejas.
Me verás reír viéndome sufrir. Y tú llorarás. Y entonces… ¡más mío que nunca serás!
Estío
Cantar del agua del río. Cantar continuo y sonoro, arriba bosque sombrío y abajo arenas de oro.
Cantar… de alondra escondida entre el oscuro pinar.
Cantar… del viento en las ramas floridas del retamar.
Cantar… de abejas ante el repleto tesoro del colmenar.
Cantar… de la joven tahonera que al río viene a lavar.
Y cantar, cantar, cantar de mi alma embriagada y loca bajo la lumbre solar.
Fusión
Mi alma en torno a tu alma se ha hecho un nudo apretado y sombrío.
Cada vuelta del lazo sobre humano se hace raíz, para afianzarse hondo, y es un abrazo inacabable y largo que ni la muerte romperá. ¿No sientes cómo me nutro de tu misma sombra?
Mi raíz se ha trenzado a tus raíces y cuando quieras desatar el nudo, sentirás que te duele en carne viva y que en mi herida brota sangre tuya.!
Y con tus manos curarás la llaga ¡y ceñirás más apretado el nudo!
Hora morada
¿Qué azul me queda?
¿En qué oro y en qué rosa me detengo, qué dicha se hace miel entre mi boca o qué río me canta frente al pecho?
Es la hora de la hiel, la hora morada en que el pasado, como un fruto acedo, sólo me da su raso deslucido y una confusa sensación de miedo.
Se me acerca la tierra del descanso final, bajo los árboles erectos, los cipreses aquellos que he cantado y veo ahora en guardia de los muertos.
Amé, ay Dios, amé a hombres y bestias y sólo tengo la lealtad del perro que aún vigila a mi lado mis insomnios con sus ojos tan dulces y tan buenos.
Implacable
Y te di el olor de todas mis dalias y nardos en flor.
Y te di el tesoro, de las ondas minas de mis sueños de oro.
Y te di la miel, del panal moreno que finge mi piel.
¡Y todo te di! Y como una fuente generosa y viva para tu alma fui.
¡Y tú, dios de piedra entre cuyas manos ni la yedra medra;
y tú, dios de hierro, ante cuyas plantas velé como un perro,
desdeñaste el oro, la miel y el olor. ¡ Y ahora retornas, mendigo de amor,
a buscar las dalias, a implorar el oro, a pedir de nuevo todo aquel tesoro!
Oye, pordiosero: ahora que tú quieres es que yo no quiero.
Si el rosal florece, es ya para otro que en capullos crece.
Vete, dios de piedra, sin fuentes, sin dalias, sin mieles, sin yedra, igual que una estatua, a quien Dios bajara del plinto, por fatua.
¡Vete, dios de hierro, que junto a otras plantas se ha tendido el perro!
La cita
Me he ceñido toda con un manto negro. Estoy toda pálida, la mirada extática. Y en los ojos tengo partida una estrella. ¡Dos triángulos rojos en mi faz hierática!
Ya ves que no luzco siquiera una joya, ni un lazo rosado, ni un ramo de dalias. Y hasta me he quitado las hebillas ricas de las correhuelas de mis dos sandalias.
Mas soy esta noche, sin oros ni sedas, esbelta y morena como un lirio vivo. Y estoy toda ungida de esencias de nardos, y soy toda suave bajo el manto esquivo.
Y en mi boca pálida florece ya el trémulo clavel de mi beso que aguarda tu boca. Y a mis manos largas se enrosca el deseo como una invisible serpentina loca.
¡Descíñeme, amante! ¡Descíñeme, amante! Bajo tu mirada surgiré como una estatua vibrante sobre un plinto negro hasta el que se arrastra, como un can, la luna.
La enredadera
Por el molino del huerto asciende una enredadera.
El esqueleto de hierro va a tener un chal de seda
ahora verde, azul más tarde cuando llegue el mes de Enero
y se abran las campanillas como puñados de cielo.
Alma mía: ¡quién pudiera Vestirte de enredadera!
La espera
¡Oh lino, madura, que quiero tejer sábanas del lecho donde dormirá mi amante, que pronto, pronto tornará (Con la primavera tiene que volver.)
¡Oh rosa, tu prieto capullo despliega! Has de ser el pomo que arome su estancia. Concentra colores, recoge fragancia, dilata tus poros, que mi amante llega.
Trabaré con grillo de oro sus piernas, cadenas livianas del más limpio acero, encargué con prisa, con prisa al herrero Amor, que las hace brillantes y eternas.
Y sembré amapolas en toda la huerta. ¡Que nunca recuerde caminos ni sendas! Fatiga: en sus nervios aprieta tus vendas. Molicie: sé el perro que guarde la puerta.
La higuera
Porque es áspera y fea, porque todas sus ramas son grises yo le tengo piedad a la higuera.
En mi quinta hay cien árboles bellos, ciruelos redondos, limoneros rectos y naranjos de brotes lustrosos.
En las primaveras todos ellos se cubren de flores en torno a la higuera. Y la pobre parece tan triste con sus gajos torcidos, que nunca de apretados capullos se viste…
Por eso, cada vez que yo paso a su lado digo, procurando hacer dulce y alegre mi acento: “Es la higuera el mas bello de los árboles todos del huerto”.
Si ella escucha, si comprende el idioma en que hablo, ¡Que dulzura tan honda hará nido en su alma sensible de árbol!
Y tal vez, a la noche, cuando el viento abanique su copa, embriagada de gozo le cuente: “Hoy a mí me dijeron hermosa”.
La hora
Tómame ahora que aún es temprano y que llevo dalias nuevas en la mano. Tómame ahora que aún es sombría esta taciturna cabellera mía.
Ahora , que tengo la carne olorosa, y los ojos limpios y la piel de rosa. Ahora que calza mi planta ligera la sandalia viva de la primavera
Ahora que en mis labios repica la risa como una campana sacudida a prisa. Después…¡oh, yo sé que nada de eso más tarde tendré!
Que entonces inútil será tu deseo como ofrenda puesta sobre un mausoleo. ¡Tómame ahora que aún es temprano y que tengo rica de nardos la mano!
Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca y se vuelva mustia la corola fresca. hoy, y no mañana. Oh amante, ¿no ves que la enredadera crecerá ciprés?
La inquietud fugaz
He mordido manzanas y he besado tus labios. Me he abrazado a los pinos olorosos y negros. Hundí, inquieta, mis manos en el agua que corre. He huroneado en la selva milenaria de cedros que cruza la pradera como una serpie grave, y he corrido por todos los pedrosos caminos que ciñen como fajas la ventruda montaña.
¡Oh amado, no te irrites por mi inquietud sin tregua! ¡Oh amado, no me riñas porque cante y me ría! Ha de llegar un día en que he de estarme quieta, ¡ay, por siempre, por siempre! con las manos cruzadas y apagados los ojos; con los oídos sordos y con la boca muda, y los pies andariegos en reposo perpetuo sobre la tierra negra. ¡Y estará roto el vaso de cristal de mi risa En la grieta obstinada de mis labios cerrados!
Entonces, aunque digas: -¡Anda!, ya no andaré. Y aunque me digas: -¡Canta!, no volveré a cantar. Me iré desmenuzando en quietud y en silencio bajo la tierra negra, mientras encima mío se oirá zumbar la vida como una abeja ebria.
¡Oh, déjame que guste el dulzor del momento fugitivo e inquieto!
¡Oh, deja que la rosa desnuda de mi boca se te oprima a los labios!
Después será ceniza sobre la tierra negra.
La pequeña llama
Yo siento por la luz un amor de salvaje. Cada pequeña llama me encanta y sobrecoge; ¿no será, cada lumbre, un cáliz que recoge el calor de las almas que pasan en su viaje?
Hay unas pequeñitas, azules, temblorosas, lo mismo que las almas taciturnas y buenas. Hay otras casi blancas: fulgores de azucenas. Hay otras casi rojas: espíritus de rosas.
Yo respeto y adoro la luz como si fuera una cosa que vive, que siente, que medita, un ser que nos contempla transformado en hoguera.
Así, cuando yo muera, he de ser a tu lado una pequeña llama de dulzura infinita para tus largas noches de amante desolado.
La promesa
¡Todo el oro del mundo parecía diluido en la tarde luminosa! Apenas un crepúsculo de rosa la copa de los árboles teñía.
Un imprevisto amor, mi mano unía a tu mano, morena y temblorosa. ¡Éramos Booz y Ruth ante la hermosa era que circundaba la alquería!
-¿Me amarás?- murmuraste. Lenta y grave vibró en mis labios la promesa suave de la dulce, la amable moabita.
Y fue como un ¡amén! en ese instante el toque de oración que alzó vibrante la rítmica campana de la ermita.
La sed
Tu beso fue en mis labios de un dulzor refrescante. Sensación de agua viva y moras negras me dio tu boca amante.
Cansada me acosté sobre los pastos con tu brazo tendido, por apoyo. Y me cayó tu beso entre los labios, como un fruto maduro de la selva o un lavado guijarro del arroyo.
Tengo sed otra vez, amado mío. Dame tu beso fresco tal como una piedrezuela del río.
La tarde
He bebido del chorro cándido de la fuente. Traigo los labios frescos y la cara mojada. Mi boca hoy tiene toda la estupenda dulzura de una rosa jugosa, nueva y recién cortada.
El cielo ostenta una limpidez de diamante. Estoy ebria de tarde, de viento y primavera. ¿No sientes en mis trenzas olor a trigo ondeante? ¿No me hallas hoy flexible como una enredadera?
Elástica de gozo como un gamo he corrido por todos los ceñudos senderos de la sierra. Y el galgo cazador que es mI guía, rendido, se ha acostado a mis pies, largo a largo, en la tierra.
¡Ah, qué inmensa fatiga me derriba en la grama Y abate en tus rodillas mi cabeza morena, mientras que de una iglesia campesina y lejana nos llega un lento y grave llamado de novena!
Lacería
No codicies mi boca. Mi boca es de ceniza y es un hueco sonido de campanas mi risa.
No me oprimas las manos. Son de polvo mis manos, y al estrecharlas tocas comida de gusanos.
No trences mis cabellos. Mis cabellos son tierra con la que han de nutrirse las plantas de la sierra.
No acaricies mis senos. Son de greda los senos que te empeñas en ver como lirios morenos.
¿Y aún me quieres, amado? ¿Y aún mi cuerpo pretendes y, largas de deseo, las manos a mí tiendes?
¿Aún codicias, amado, la carne mentirosa que es ceniza y se cubre de apariencias de rosa?
Bien, tómame. ¡Oh laceria! ¡Polvo que busca al polvo sin sentir su miseria!
Las cuatro alas de abeja
He vuelto de la cita con cuatro alas de abejas prendidas en los labios. Cuatro alas de abejas doradas y bermejas.
Milagro como el de la barba de Dionisos, el dios de acento dulce! La barba de Dionisos que tenía cuatro alas de abeja en vez de rizos.
Tus labios en mis labios derramaron su miel y brotaron las alas. Derramaron su miel y tuve las dulzuras de un panal en la piel.
No riáis. Las cuatro alas de abeja no se ven. Mas las siento en la boca. Las alas no se ven, mas a veces, ¡prodigio!, vibran hasta en mi sien.
Y más adentro aún. Las dulces alas vibran hasta en mi corazón. Las dulces alas vibran y a mi alma de toda angustia y pena libran.
Mas si un día dejaran de aletear y zumbar… si se hicieran ceniza… Si cesara el zumbar de las alas que hiciste en mis labios brotar…
¡Qué tristeza de muerte! ¡Qué alas negras de queja brotarían entonces! ¡Qué alas negras de queja en lugar de las alas transparentes de abeja!
Las lenguas de diamante
Bajo la luna llena, que es una oblea de cobre, vagamos taciturnos en un éxtasis vago, como sombras delgadas que se deslizan sobre las arenas de bronce de la orilla del lago.
Silencio en nuestros labios una rosa ha florido. ¡Oh, si a mi amante vencen tentaciones de hablar!, la corola, deshecha, como un pájaro herido, caerá, rompiendo el suave misterio sublunar.
¡Oh dioses, que no hable! ¡Con la venda más fuerte que tengáis en las manos, su acento sofocad! ¡Y si es preciso, el manto de piedra de la muerte para formar la venda de su boca, rasgad!
Yo no quiero que hable. Yo no quiero que hable. Sobre el silencio éste, ¡qué ofensa la palabra! ¡Oh lengua de ceniza! ¡Oh lengua miserable, no intentes que ahora el sello de mis labios te abra!
¡Bajo la luna-cobre, taciturnos amantes, con los ojos gimamos, con los ojos hablemos. Serán nuestras pupilas dos lenguas de diamantes movidas por la magia de diálogos supremos.
Lo que soy para ti
Cierva, que come en tus manos la olorosa hierba.
Can que sigue tus pasos doquiera que van.
Estrella para ti doblada de sol y centella.
Fuente que a tus pies ondula como una serpiente.
Flor que para ti solo da mieles y olor.
Todo eso yo soy para ti, mi alma en todas sus formas te di. Cierva y can, astro y flor, agua viva que glisa a tus pies, Mi alma es para ti, Amor.
Melancolía
La sutil hilandera teje su encaje oscuro con ansiedad extraña, con paciencia amorosa. ¡Qué prodigio si fuera hecho de lino puro y fuera, en vez de negra la araña, color rosa!
En un rincón del huerto aromoso y sombrío la velluda hilandera teje su tela leve. En ella sus diamantes suspenderá el rocío y la amarán la luna, el alba, el sol, la nieve.
Amiga araña: hilo cual tú mi velo de oro y en medio del silencio mis joyas elaboro. Nos une, pues, la angustia de un idéntico afán.
Mas pagan tu desvelo la luna y el rocío. ¡Dios sabe, amiga araña, qué hallaré por el mío! ¡Dios sabe, amiga araña, qué premio me darán!
Millonarios
Tómame de la mano. Vámonos a la lluvia descalzos y ligeros de ropa, sin paraguas, con el cabello al viento y el cuerpo a la caricia oblicua, refrescante y menuda, del agua.
¡Que rían los vecinos! Puesto que somos jóvenes y los dos nos amamos y nos gusta la lluvia, vamos a ser felices con el gozo sencillo de un casal de gorriones que en la vía se arrulla.
Más allá están los campos y el camino de acacias y la quinta suntuosa de aquel pobre señor millonario y obeso, que con todos sus oros,
no podría comprarnos ni un gramo del tesoro inefable y supremo que nos ha dado Dios: ser flexibles, ser jóvenes, estar llenos de amor.
Noche de lluvia
Llueve… Espera, no duermas, estáte atento a lo que dice el viento y a lo que dice el agua que golpea con sus dedos menudos en los vidrios.
¡Cómo estará de alegre el trigo ondeante! ¡Con qué avidez se esponjará la hierba! ¡Cuántos diamantes colgarán ahora del ramaje profundo de los pinos!
Espera, no te duermas. Escuchemos el ritmo de la lluvia. Apoya entre mis senos tu frente taciturna. Yo sentiré el latir de tus dos sienes palpitantes y tibias, como si fueran dos martillos vivos que golpearan mi carne.
Espera, no te duermas. Esta noche somos los dos un mundo, aislado por el viento y por la lluvia entre la cuenca tibia de una alcoba.
Espera, no te duermas. Esta noche somos acaso la raíz suprema de donde debe germinar mañana el tronco bello de una raza nueva.
Panteísmo
Siento un acre placer en tenderme en la tierra, bajo el sol matutino tibia como una cama. Bajo mi cuerpo, ¡cuánta vida mi vientre encierra! ¡Quién sabe qué diamante esconde aquí su llama!
¡Quién sabe qué tesoro, dentro de una mirada, surgirá de este mismo lugar donde reposo, si será el oro vivo de una era sembrada, o la viva esmeralda de algún árbol frondoso!
¡Quién sabe qué estupenda y dorada simiente ha de brotar ahora bajo mi cuerpo ardiente! Futuro pebetero que esparcirá a los vientos, en las noches de estío, claras y rumorosas, el calor de mi carne hecho aroma de rosas, fragancia de azucenas, y olor de pensamientos.
Raíz salvaje
Me ha quedado clavada en los ojos la visión de ese carro de trigo que cruzó rechinante y pesado sembrando de espigas el recto camino.
¡No pretendas ahora que ría! ¡Tu no sabes en qué hondos recuerdos estoy abstraída!
Desde el fondo del alma me sube un sabor de pitanga a los labios. Tiene aún mi epidermis morena no sé que fragancias de trigo emparvado.
¡Ay, quisiera llevarte conmigo a dormir una noche en el campo y en tus brazos pasar hasta el día bajo el techo alocado de un árbol!
Soy la misma muchacha salvaje que hace años trajiste a tu lado.
Rebelde
Caronte: yo seré un escándalo en tu barca. Mientras las otras sombras recen, giman o lloren, y bajo tus miradas de siniestro patriarca las tímidas y tristes, en bajo acento, oren,
Yo iré como una alondra cantando por el río y llevaré a tu barca mi perfume salvaje, e irradiaré en las ondas del arroyo sombrío como una azul linterna que alumbrara en el viaje.
Por más que tú no quieras, por más guiños siniestros que me hagan tus dos ojos, en el terror maestros, Caronte, yo en tu barca seré como un escándalo.
Y extenuada de sombra, de valor y de frío, cuando quieras dejarme a la orilla del río me bajarán tus brazos cual conquista de vándalo.
Regreso
¿En qué silente cinturón de espuma se oculta ahora la promesa yerta? ¿Tras de qué muro o entornada puerta gime mi mundo?
¿Qué hora, qué mañana entre tumultos de sol y risa, ya de cara al gozo, me traerá su jazmín más primoroso con la sortija mágica del rumbo?
Se quemó mi laurel entre la fiebre, la palma fiel perdió su airón de fuego. Ya sólo soy raíz, rígido ruego, vástago de espiral lenta y endeble.
Pero yo me he de alzar del pudridero, volveré a mi esplendor de carne y canto, blanca y bruñida por mi propio llanto, viva, de nuevo.
Reconquista
No sé de donde regresó el anhelo De volver a cantar como en el tiempo en que tenía entre mi puño el cielo Y con una perla azul el pensamiento.
De una enlutada nube, la centella, Súbito pez, hendió la noche cálida Y en mí se abrió de nuevo la crisálida Del verso alado y su bruñida estrella.
Ahora ya es el hino centelleante Que alza hasta Dios la ofrenda poderosa De su bruñida lanza de diamante.
Unidad de la luz sobre la rosa. Y otra vez la conquista alucinante De la eterna poesía victoriosa.
Salvaje
Bebo el agua limpia y clara del arroyo y vago por los campos teniendo por apoyo un gajo de algarrobo liso, fuerte y pulido que en sus ramas sostuvo la dulzura de un nido.
Así paso los días, morena y descuidada, sobre la suave alfombra de la grama aromada. Comiendo de la carne jugosa de las fresas o en busca de fragantes racimos de frambuesas.
Mi cuerpo está impregnado del aroma ardoroso de los pastos maduros. Mi cabello sombroso esparce, al destrenzarlo, olor a sol y a heno, a savia, a yerbabuena y a flores de centeno.
¡Soy libre, sana, alegre, juvenil y morena, cual si fuera la diosa del trigo y de la avena! ¡Soy casta como Diana y huelo a hierba clara nacida en la mañana!
¿Sueño?
¡Beso que ha mordido mi carne y mi boca con su mordedura que hasta el alma toca! ¡Beso que me sorbe lentamente vida como una incurable y ardorosa herida!
¡Fuego que me quema sin mostrar la llama y que a todas horas por más fuego clama! ¿Fue una boca bruja o un labio hechizado el que con su beso mi alma ha llagado?
¿Fue un sueño o vigilia que hasta mí llegó el que entre sus labios mi alma estrujó? Calzaré sandalias de bronce e iré
a donde esté el mago que cura me dé. ¡Secadme esta llaga, vendadme esta herida que por ella en fuga se me va la vida!
Supremo triunfo
Estoy ahora impregnada toda yo de dulzura. Desde que me besaste, toda yo soy amor. Y en la vida y la muerte, en lecho y sepultura, ya no seré otra cosa que amor, amor, amor….
En la carne y el alma, en la sombra y los huesos, ya no tendré más nunca otro olor y sabor, que el sabor y el perfume que he absorbido a tus besos; me has dado una fragancia, tersa y viva, de flor.
Hasta el último átomo de mi piel es aroma, ¡oh mortal podredumbre, te he vencido talvez! Eres mi hermano , ¡Oh lirio! Eres mi hermana ¡oh poma! Desde que él me besara, rosa mi cuerpo es.
Te doy mi alma desnuda…
Te doy mi alma desnuda, como estatua a la cual ningún cendal escuda.
Desnuda como el puro impudor de un fruto, de una estrella o una flor;
de todas esas cosas que tienen la infinita serenidad de Eva antes de ser maldita.
De todas esas cosas, frutos, astros y rosas.
Que no sienten vergüenza del sexo sin celajes y a quienes nadie osara fabricarles ropajes.
¡Sin velos, como el cuerpo de una diosa serena que tuviera una intensa blancura de azucena!
¡Desnuda, y toda abierta de par en par por el ansia de amar!
«Toilette» suprema
Bajo el encanto sombrío de la tarde de tormenta hay trazos de luz violenta en la amatista del río. Y siento la tentación de hundir mi cuerpo en la oscura agua quieta que fulgura bajo el cielo de crespón.
Intensa coquetería del contraste con la onda que hará mi carne más blonda entre su gasa sombría. Rara y divina «toalé« que en la penumbra amatista dará una gracia imprevista a mi cuerpo rosa-té.
Ninguna tela más bella En su pliegue ha de envolverme. ¡Nunca tornarás a verme Con tal blancura de estrella! Jamás caprichoso azar ha dado, a ninguna amante, un lecho más fulgurante bajo el amado mirar.
Deja que el río me vista con sus largos pliegues lilas, y guarda en tus dos pupilas, junto al fondo de amatista, la visión loca y suprema de mi cuerpo embellecido por el oscuro vestido y la sombría diadema.
Vida aldeana
Iremos por los campos, de la mano, a través de los bosques y los trigos, entre rebaños cándidos y amigos, sobre la verde placidez del llano,
para comer el fruto dulce y sano de las rústicas vides y los higos que coronan las tunas. Como amigos partiremos el pan, la leche, el grano.
Y en las mágicas noches estrelladas, bajo la calma azul, entrelazadas las manos, y los labios temblorosos,
renovaremos nuestro muerto idilio, y será como un verso de Virgilio vivido ante los astros luminosos.
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